La oración y el ayuno según San Juan Crisóstomo





La oración y el ayuno según San Juan Crisóstomo


Hoy vamos a escuchar las enseñanzas de nuestro Padre entre los Santos Juan Crisóstomo acerca de estas dos grandes virtudes cristianas: la oración y el ayuno. Hablaremos de estas dos virtudes debido a la estrecha relación que, en esencia, tienen entre sí. Y nutriremos nuestra alma con las profundas y a la vez simples palabras de este gran padre de la Iglesia, en honor a que, como todos sabemos, este año se cumplen 1600 años de su dormición en el Señor. Antes de comenzar a hablar sobre las virtudes, haremos una reseña sobre la vida de San Juan.

San Juan Crisóstomo o Boca de Oro, nació en Antioquia en el año 347. Habiendo estudiado filosofía, Juan quedó disgustado con el paganismo helénico y entonces abrazó el cristianismo como la única, y que todo lo contiene, verdad. Tanto Juan como sus padres son bautizados por el Patriarca de Antioquia Meletio. Luego de la muerte de sus padres, Juan se hizo monje y comenzó su nueva vida en estricto ascetismo. Luego de escribir el libro “Sobre el sacerdocio”, se le aparecen los santos Apóstoles Pedro y Pablo y le profetizan un gran servicio a la Iglesia, abundante gracia, pero también grandes sufrimientos. Cuando lo ordenaron sacerdote, un ángel de Dios apareció al mismo tiempo al Patriarca Flavian (sucesor de Meletio) y al mismo Juan. En el momento de la ordenación, una paloma blanca y brillante fue vista sobre la cabeza de Juan. Debido a su sabiduría, ascetismo y al poder de sus palabras, San Juan fue elegido Patriarca de Constantinopla. Gobernó la Iglesia por un período de 6 años como Patriarca con inigualable celo y sabiduría, enviando misionarios a los celtas paganos, purgó la Iglesia de la simonía, al deponer muchos obispos que habían caído en este vicio. Continuó con el trabajo caritativo de la Iglesia, escribió el rito para la Divina Liturgia, enfrentó a los herejes exponiéndolos a la vergüenza, denunció el adulterio de la Emperatriz Eudoxia, interpretó las Escrituras con su mente brillante y su boca de oro, y dejó a la Iglesia muchos libros de sermones. La gente lo glorificó pero los envidiosos lo detestaban. La Emperatriz Eudoxia lo desterró en dos oportunidades. San Juan permaneció en el exilio durante tres años y murió en el día de la Exaltación de la Cruz, el 27 de Septiembre del 407, en Armenia. Los Santos Apóstoles Pedro y Pablo se le aparecieron nuevamente en el momento de su muerte, así como también el santo mártir Basilisco, en la iglesia del cual San Juan tomó la Comunión por última vez. “Gloria a Dios por todo” fueron sus últimas palabras y con ellas, el alma de Crisóstomo el Patriarca entró en el Paraíso.

Luego de haber entrado en conocimiento de la ejemplar vida del santo que nos hablará sobre la oración y el ayuno, pasaremos a hacer un breve análisis de la importancia de las virtudes cristianas en nuestra vida, para luego hablar específicamente sobre estas dos.

Los padres de la Iglesia coinciden en sus enseñanzas acerca del alma, que ella está dividida en tres partes: la inteligencia, el poder apetitivo o de deseo y el poder incitador. Estos tres poderes fueron dados por Dios al alma, para que ella con la inteligencia se dedique al conocimiento de Dios, con el poder apetitivo desee a Dios y con el poder incitador se esfuerce por elevarse a Dios y estar en comunión con Él. Estos tres poderes son naturales al alma, ya que fueron dados a ella por Dios para el propio funcionamiento de la misma. Pero cuando utilizamos mal estos poderes, cuando los utilizamos no para elevarnos a Dios sino para complacer nuestros deseos, entonces estos poderes se corrompen, el alma se enferma y cae en el pecado y las pasiones. Las pasiones son el resultado del mal uso de los poderes del alma. Para verlo en ejemplos: el acto de procrear es natural en nosotros, mas nosotros lo pervertimos con la fornicación. La ira con la que Dios nos dotó para combatir la serpiente, para llevar la guerra contra el Diablo, es natural, pero nosotros la utilizamos contra nuestros propios vecinos. No es la comida algo malo, sino la gula; no son malas las cosas materiales, sino la avaricia.

Cuando el alma se corrompe por el mal uso de estos poderes, la parte inteligente es dominada por el orgullo, la parte apetitiva o de deseo es dominada por perversiones de la carne, y la parte incitativa es dominada por las pasiones del odio, la ira y el rencor. Estas pasiones, y las pasiones en general son la perversión de los poderes del alma. Dios no creó al hombre con las pasiones. Dios no es el creador de las pasiones. Dios nos dio virtudes pero no pasiones. Las virtudes en el alma están presentes en esencia. Las pasiones no poseen esencia. Como la oscuridad no existe en esencia, sino que es la ausencia de la luz, así sucede con las pasiones. El alejamiento de Dios para seguir nuestra propia voluntad produce la enfermedad y las pasiones.

Los Padres de la Iglesia nos enseñan que cuando el alma se enferma con las pasiones, necesita curación. Y la curación de las pasiones consiste en transformar a éstas, es decir volver a dirigir y encaminar hacia Dios los poderes del alma. El alma se corrompió al usar estos poderes para la satisfacción de su concupiscencia y la sed de honor, para una vida fácil y carnalmente confortable. Entonces para adquirir la curación, ahora debe volver a destinar estos poderes para el bien y la voluntad de Dios. Y para ello debe utilizar las virtudes cristianas como ayuda y guía. El alma está enferma y las virtudes son los remedios.

El cristiano debe ejercitarse en el cumplimiento de las virtudes. San Isaac el sirio, padre de la Iglesia del siglo VI y asceta de gran discernimiento espiritual, nos enseña que la adquisición de las virtudes es un proceso progresivo: una virtud lleva a la otra, una depende de la otra, una nace de la otra. Acorde con San Isaac, “cada virtud es la madre de la siguiente”. La primera de las virtudes es la fe. El ejercicio de la fe lleva a la persona a la oración y el ayuno, que juntas conforman la segunda de las virtudes. La oración despierta el amor, y amar es la tercera de las virtudes. Y del amor nace la humildad, que según San Isaac, es la cuarta en este ejercicio progresivo de las virtudes.

Habiendo comprendido la importancia y el poder curativo de las virtudes, pasaremos ahora a hablar en particular acerca de las virtudes de la oración y el ayuno. Estas dos virtudes, en su esencia van unidas y se complementan una a la otra. El hombre está compuesto por cuerpo y alma. Entonces para lograr elevarse hacia Dios en oración, debe aligerar su cuerpo y mortificar las pasiones carnales a través del ayuno. Si no lo hace, si reza pero continúa dispensándose con sus pasiones sin presentarles batalla, entonces esa oración es imperfecta y no dará buen fruto. Lo mismo sucede con el ayuno si no se lo acompaña con la oración. Esto es de gran importancia y lo vemos en el Evangelio mismo, cuando los apóstoles no pudieron curar a un endemoniado. Luego de curarlo, Nuestro Señor Jesucristo hermana a estas dos virtudes y nos enseña que “este género no sale sino con oración y ayuno” (S. Mateo 17:21).

Acerca de cómo debemos rezar, San Juan Crisóstomo nos enseña que debemos concentrarnos pura y exclusivamente en la oración: “Observa – dice – no permitir que ningún pensamiento ocupe tu alma en este momento. Recuerda que Abraham en el momento de ofrecer sacrificio, no permitía que estuviera presente ni su mujer, ni su sierva ni ningún amigo. De la misma manera tú no dejes dentro de si ninguna pasión y sube sólo a aquella montaña (a ofrecer)”. De esta manera nos alerta sobre la concentración y preparación que debemos tener antes de ponernos a rezar. Y continúa con el ejemplo de Abraham cuando iba a sacrificar a Isaac su hijo: “Si algún pensamiento impuro hace fuerza para subir contigo a la montaña, dile: siéntate aquí y espera, que el niño y yo subiremos y adoraremos. Deja todo lo que es irracional, así como Abraham dejó allí al asno, y lleva sólo lo racional, como Abraham llevó a Isaac. Imítalo y construye un ofertorio, renuncia a todo lo terrenal y ponte por encima de tu naturaleza. Porque si Abraham no se hubiera puesto por encima de su naturaleza, no hubiera decidido sacrificar a su hijo”.

El sacrificio que nosotros debemos ofrecer en la oración es un corazón contrito. “Trae en sacrificio un corazón contrito – enseña. Este sacrificio no se convierte en cenizas, no desaparece con el humo, no requiere ni de madera ni de fuego, sólo requiere de un corazón contrito. Esto es fuego que enciende la madera pero no la consume. Porque aquél que reza fervientemente, se enciende pero no se consume. Sino que al igual que el oro que es pasado por fuego, se hace más limpio y brillante”.

“Rezad incesantemente” (I Tes. 5:17) enseña el Apóstol Pablo. Y San Juan Crisóstomo comenta: “Si nos dedicamos a pensar incesantemente en Dios y en sus bondades, entonces no tendremos tiempo de pensar en el mal. Como dice el Profeta David: ‘Cuando me acuerde de Ti en mi lecho, y en las mañanas medite en Ti’ (S. 63:6)”. San Juan nos exhorta a pensar siempre en Dios, especialmente cuando la mente se encuentra en paz y tranquilidad, ya que “es el momento oportuno para reflexionar y juzgarse a sí mismo, y retener estas reflexiones. De día, si vamos a reflexionar, sucederá que las tareas, responsabilidades e inquietudes que sobrevendrán harán borrar rápidamente estas reflexiones. En cambio de noche el alma se encuentra en paz y tranquilidad. Como dice otra vez el profeta: ‘Meditad en vuestro corazón estando en vuestro lecho y aplacaos’ (S. 4: 4).

“Rezad incesantemente” (I Tes. 5:17). ¿Pero, cómo lograrlo en medio de las responsabilidades cotidianas? Escuchemos que nos dice a esto el santo Boca de Oro: “Debemos siempre acudir a Dios y pedir a Él por todo. Nada hay que se iguale a la oración: ella hace posible lo imposible, hace liviano lo pesado, hace cómodo lo incómodo. La oración (incesante) la practicaba el bienaventurado David, y por eso dice en sus salmos: ‘Siete veces al día te alabo a causa de tus justos juicios’ (S. 119:164). Si el mismo rey, ocupado con incontables responsabilidades, rezaba a Dios tantas veces en el día: ¿qué justificación o perdón podremos recibir nosotros, que teniendo tanto tiempo libre no rezamos a Dios incesantemente, sin tener en cuenta el gran beneficio que ganaríamos?”. Y luego agrega que para ponerse a rezar, “no se requiere tanto de la palabra, sino del pensamiento; no es tan necesario alzar las manos, sino la preparación del alma; ni una posición especial del cuerpo, sino una disposición del espíritu”. De esta forma San Juan interpreta la exhortación del Apóstol Pablo, mostrándonos que rezar podemos y debemos en todo momento, en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia, debido al gran beneficio que recibimos al hacerlo. En cuanto a las palabras para invocar a Dios, San Juan nos dice: “Reflexiona sobre tus pecados, eleva tu mirada al cielo y di mentalmente: ‘Ten piedad de mí, ¡oh, Dios!’, y ahí termina tu oración. El que dijo: ‘Ten piedad’ ha hecho una confesión y se ha hecho consciente de sus pecados, porque el desear piedad es propio de los que pecaron. El que dijo: ‘Ten piedad de mí’ ha recibido el perdón de sus pecados, porque el que es tenido a misericordia no es castigado. El que dijo : ‘Ten piedad de mí’ ha recibido el Reino Celestial, porque Dios, del que se apiada no sólo lo libera del castigo sino que lo digna de los bienes futuros”. Y por último agrega: “Si en algún momento o en algún lugar nos encontramos rodeados de gente, ahí tampoco dejemos de lado la oración, sino que recemos tal cual como hemos hablado, en la esperanza de recibir los beneficios de semejante oración. Si nos disponemos de esta forma, entonces llevaremos esta vida en tranquilidad y en paz”. Así es como San Juan nos muestra la oración como el único medio para conservar la paz interior en medio del bullicio mundano. Como el sendero que une las responsabilidades cotidianas con la contemplación de Dios. Porque no nos dice que dejemos de trabajar, sino que recemos mentalmente y con pocas palabras. Y así no perderemos la paz interior. Porque en medio del bullicio cotidiano, o peor aún en medio de las tentaciones mundanas que cada día van tomando mayor presencia y dominio en cada lugar donde el ser humano se encuentre, y principalmente en las grandes ciudades donde el Diablo cuenta con más presas, en medio de este caos lo primero que perdemos es nuestra paz interior. Y esto debilita las fuerzas del alma, perdemos la concentración y la vigilancia que guarda al alma de los ataques externos de las tentaciones y las pasiones, y en como en caída libre, sucumbimos en el pecado. Por eso los Padres Espirituales incesantemente exhortan cuidar la paz interior y los pensamientos a todo precio. Ella es como el cimiento para el resto de las fuerzas del alma. El cimiento se rompe y el edificio se desmorona. Y el único medio para cuidar la paz interior es la oración incesante.

San Juan Crisóstomo, con su brillante elocuencia, nos describe a la persona que reza: “Ni el rey, vestido de púrpura, brilla tanto como brilla el que reza y se adorna con la conversación con Dios”. Y nos muestra el enorme provecho del sólo hecho de ponerse a rezar: “Grande es el provecho de la oración, incluso antes de que recibamos lo que pedimos en ella. Porque apenas uno levanta sus manos al cielo y exclama a Dios, en ese mismo instante él renuncia a todas las cosas mundanas, dirige su pensamiento a la vida venidera … y se le presentan los bienes celestiales. Se encontraba antes en estado de ira, ahora adquiere la calma; ardía en él la concupiscencia, ahora ella se extingue… Y sucede lo que describe David en su salmo: ‘Pones las tinieblas y es la noche. En ella corretean todas las bestias de la selva. Los leoncillos rugen tras la presa, y para buscar de Dios su comida. Sale el sol, se recogen y se echan en sus cuevas’. Así como cuando aparecen los primeros rayos del sol, los animales dan por terminada la cacería y se esconden en sus cuevas, de la misma forma cuando nos ponemos a rezar con concentración, todas las inquietudes mundanas y las pasiones se alejan, porque donde hay luz no hay lugar para la oscuridad.

El gran Patriarca de Constantinopla nos enseña que la insistencia en pedir a Dios es muy importante en la oración y tiene sus frutos. “Dios – dice San Juan – muchas veces es lento para cumplir con nuestros pedidos, pero no para dejarlos de lado, sino porque quiere enseñarnos a que nos esforcemos y que constantemente nos acerquemos hacia él”. Y luego nos muestra cómo Nuestro Señor mismo nos enseña a insistir en nuestros pedidos, cuando dice: “¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: amigo préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; aquél, respondiendo desde adentro le dice: ‘No me molestes, la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama, no puedo levantarme y dártelos’? Os digo que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite” (S. Lucas 11:5-8). “¿Ves – dice San Juan – cómo en donde no prosperó la amistad prosperó el pedido insistente? Y observa a la mujer cananea y escucha lo que el Señor le dijo: ‘no es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos (S. Mateo 15:26). Pero entonces, si eso ‘no era bueno’, porqué Él terminó accediendo. Fue por el pedido insistente que la mujer alcanzó este bien, para que tú comprendas que, de aquello que nosotros no somos dignos, nos hacemos dignos a través del pedido insistente”.

San Juan nos enseña a agradecer a Dios, recibamos o no lo que hemos pedido. Y nos dice: “¿Acaso no puede Dios darnos lo que le pedimos antes de pedírselo? Sí, es que Él espera nuestra petición, para tener la posibilidad de hacernos dignos de su providencia”, es decir hacernos dignos de ella por nuestro esfuerzo. “Y entonces, – continúa – recibamos o no lo pedido, vamos a agradecer a Dios, no solamente cuando recibimos, sino también cuando no recibimos. Porque el no recibir lo pedido, cuando sucede por la voluntad de Dios, no es menos beneficioso que el recibirlo. Ya que no sabemos qué nos es bueno, en la medida en que Dios lo sabe”. Sobre esto mismo, San Juan nos pide que no nos sorprendamos, porque el mismo Apóstol Pablo no sabía qué era lo realmente bueno y provechoso para él. Tres veces este gran apóstol de los gentiles le pidió a Dios, que le quite el aguijón que lo molestaba con el propósito, que la grandeza de las revelaciones que él recibía no lo exaltase desmedidamente (2 Cor. 12:8-9). Y luego San Juan añade: “Escucha lo que el apóstol dice (a los romanos) (8:26): ‘El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles’. Es decir, nosotros como seres humanos, no podemos saber todo detalladamente y a fondo. Por eso debemos entregar todo en las manos del Creador de nuestra naturaleza, y recibir con alegría todo lo que Él haya determinado… Ya que Él sabe mejor que nosotros cómo construir nuestra salvación”.

En las enseñanzas de San Juan Crisóstomo acerca del ayuno, vemos cómo él considera a la abstinencia como un gran escudo contra las tentaciones, capaz de expulsar las malas influencias y los malos espíritus. “Si alguien está dominado por un espíritu inmundo, – dice – muéstrale el rostro del ayuno y él lleno de terror se hará más inmóvil que una roca, especialmente cuando vea al lado del ayuno a su hermana y amiga la oración. Es por eso que nuestro Señor dice: ‘este género no sale sino con oración y ayuno’ (S. Mateo 17:21). Si el ayuno ahuyenta de tal forma a los enemigos de nuestra salvación, entonces es necesario amarlo y recibirlo con alegría, y no temerle”. Es decir, que debemos recordar esto cuando el tiempo de Cuaresma se acerca, y en vez de entristecernos por la incomodidad del cumplimiento, debemos alegrarnos que vayamos a reforzar nuestras vidas con el escudo del ayuno.

El ayuno es necesario para aligerar nuestro cuerpo, para luego poder elevarnos hacia Dios en oración. Escuchemos lo que al respecto nos dice San Juan Crisóstomo: “Tanto Moisés como Elías, siendo ellos columnas de los profetas del Antiguo Testamento, siendo conocidos por sus grandes obras y virtudes, poseyendo una enorme osadía (hacia Dios), de todas formas cuando querían acercarse a Dios y conversar con Él… acudían al ayuno. Por eso, cuando Dios crea al hombre, enseguida le encomienda ayuno como camino a la salvación. Porque el mandamiento: ‘No comerás del árbol del conocimiento del bien y del mal’ (Gén. 2:17), es una especie de ayuno”. Es decir, el abstenerse de su propia voluntad para cumplir con la voluntad de su Creador, iba a fortalecer a Adán y afirmarlo en el Paraíso y la vida eterna. Y a esto añade: “Si el ayuno era imprescindible en el Paraíso, entonces más aún fuera del paraíso. Si el remedio nos era bueno antes de la herida, entonces con más razón lo será luego de la herida. Si el arma nos era necesaria antes de la guerra con las pasiones, entonces más necesaria aún lo será ahora en las constantes batallas con los demonios”.

San Juan nos enseña que Dios se enoja cuando su creación desprecia el ayuno, pero también se alegra cuando su gente lo honra. El santo hace hincapié en el ejemplo de los Ninivitas, que ayunaron para calmar la ira de Dios: “Los ninivitas – dice – apenas se enteraron del castigo que les sobrevendría… se apresuraron a ayunar todos: hombres, mujeres, siervos, amos, principales y subordinados, niños y ancianos, hasta los animales no fueron liberados de este esfuerzo”. Este ejemplo nos muestra el poder del ayuno para cambiar la ira de Dios y adquirir su misericordia. Y es de notar que el ayuno era cumplido por todos, no sólo los mayores sino los niños y los ancianos, y hasta los animales.

San Juan Crisóstomo nos enseña que “Dios requiere de nosotros el ayuno y la abstinencia, no simplemente para que nos privemos de comida, sino para que, alejándonos de las obras mundanas utilicemos el tiempo que de ellas nos queda libre, para dedicarlo a las obras espirituales. Si nosotros organizáramos nuestras vidas atentamente, y cada minuto libre lo dedicaríamos a las obras espirituales; si comiéramos solamente lo necesario, y toda nuestra vida la lleváramos con buenas obras, entonces no necesitaríamos de los períodos de ayuno. Pero como la naturaleza humana es indolente y más dispuesta a la incontinencia, por eso el Señor Amante de la humanidad, como un padre que medica a su hijo, nos da el remedio del ayuno, para alejarnos de las comodidades y de las obras mundanas y dedicarnos a las espirituales”.

Las enseñanzas de San Juan sobre las virtudes de la oración y el ayuno, son más que elocuentes para comprender que este debe ser el camino de vida del cristiano en este mundo. Porque la oración y el ayuno son los más poderosos medios dados por Dios para limpiar de la corrupción, no sólo al individuo sino a la sociedad y la humanidad entera.

La oración y el ayuno no debe ser realizada solamente por causa de una persona, sino “por todos y por todo” (como dice la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo), por causa de amigos y de enemigos, por los que nos persiguen y por los que nos ponen a muerte, porque así es como el cristiano se distingue de los gentiles (S. Mateo 5:44-45).



Así vemos el papel fundamental de las virtudes de la oración y el ayuno en la lucha contra las pasiones que dañan el alma. Estas virtudes, cuando son ejercitadas por la persona, van iluminando su alma y expulsando las pasiones, así como la luz a las tinieblas, y como un remedio van curando la inteligencia y los demás poderes del alma, y de estar antes al servicio del pecado, ahora los alistan al servicio de la voluntad de Dios. En esto reside la curación de las pasiones. Los padres nos enseñan que este es un proceso largo que requiere de esfuerzo y paciencia, en el ejercicio de las virtudes.


Presbítero Esteban Jovanovich


Disertación leída en el marco de las "Jornadas Patrísticas" organizadas por la Fundación Decus (La Plata, Provincia Bs As, Argentina)

Bibliografía:

- “Compendio de enseñanzas, elegidas de entre las obras de nuestro santo padre Juan, Patriarca de Constantinopla, Crisóstomo, Moscú 1887” (en ruso).

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