La parábola del Buen Samaritano: su significado claro y además su significado profundo


En su homilía acerca de la parábola del Buen Samaritano, el Santo Obispo Nikolaj Velimirovich nos muestra la verdadera medida del parentesco que el Señor vino a traer al mundo, enseñado que nuestro prójimo no es sólo nuestro cercano: "El Señor Jesucristo vino a cambiar las medidas y los modos de juzgar de los hombres. Los hombres habían medido la naturaleza a partir de sí mismos. Y esa medida era errónea. La verdadera medida del parentesco que realmente une a los hombres —hombres y pueblos— reside no tanto en la sangre como en la misericordia. La necesidad de un hombre y la misericordia de otro unen a dos hombres más que los lazos de sangre unen a dos hermanos".

Pero esta parábola tiene además un significado profundo. Compartimos el comentario del Archipreste Serafín Slovodskoy al respecto:

Parábola Sobre el Buen Samaritano.

Un hebreo, escriba, queriendo justificarse (ya que los hebreos consideraban como “prójimo suyo” sólo a los hebreos, mientras que a los demás los despreciaban), le preguntó a Jesucristo: “Mas ¿quién es mi prójimo?”

Para enseñar a las personas a considerar como su prójimo a todo hombre, sea quien fuere, del pueblo que proceda, y de la fe a que pertenezca, y también a que nosotros seamos compasivos y misericordiosos con todas las personas, prestándoles ayuda según nuestras fuerzas, en sus necesidades y desgracias, Jesucristo le contestó con una parábola.

“Un hebreo iba de Jerusalem a Jericó y cayó entre ladrones, los cuales le desprendieron de sus vestimentas, lo hirieron y huyeron dejándolo medio muerto.

Casualmente, por ese camino iba un sacerdote hebreo. Él miró al desgraciado y pasó de largo.

Asimismo un levita (servidor eclesiástico hebreo) estuvo en ese lugar; se acercó, miró y pasó de largo.

Luego, por este mismo camino viajaba un samaritano (los hebreos despreciaban a los samaritanos a tal punto, que no se sentaban junto con ellos a la mesa y hasta trataban de no conversar con ellos). El samaritano, al ver al herido hebreo, sintió pena por él. Él se acercó al hebreo y vendó sus heridas, vertiendo sobre ellas aceite y vino. Luego lo colocó sobre su asno, lo llevó a un mesón y allí se ocupó de él. Y al otro día, ya yéndose, él le dio al mesonero dos denarios (denario era una moneda de plata romana) y dijo: “Cuídalo, y lo que gastes además de esto, yo te lo devolveré cuando regrese.”

Luego, Jesucristo le preguntó al escriba: “¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó entre los ladrones?”

El escriba le contesto: “Aquél que mostró misericordia” (es decir, el samaritano).

Entonces Jesucristo le dijo: “Ve y haz tú lo mismo.”

Observación: Ver S. Lucas 10:29-37.

La parábola sobre el buen samaritano, además del sentido directo y claro — de amar a todo prójimo — tiene aun, como enseñan los santos padres, un segundo sentido alegórico, profundo y misterioso.

El hombre, el cual iba de Jerusalem a Jericó, no es otro más que nuestro antepasado Adán, y en su persona toda la humanidad. No permaneciendo en el bien, privándose de la bienaventuranza paradisíaca, Adán y Eva tuvieron que dejar “la Jerusalem celestial” (el paraíso) y alejarse a la tierra, en donde al instante los recibieron las calamidades y todo tipo de adversidades. Los ladrones — son las fuerzas demoníacas, las cuales tuvieron envidia del inocente estado del hombre y lo incitaron al camino del pecado, privando a nuestros antepasados de la fidelidad a los mandamientos de Dios (la vida paradisíaca). Las heridas — son las llagas pecadoras, las cuales nos debilitan. El sacerdote y el levita — son la ley, dada a nosotros a través de Moisés, y el sacerdocio, en la persona de Aarón, los cuales no podían por ellos mismos salvar al hombre. Y por la imagen del samaritano misericordioso corresponde entender a Jesucristo, el Cual para la curación de nuestras enfermedades, en la figura de aceite y vino nos dio la ley nuevo-testamentaria y la gracia. El mesón es la Iglesia de Dios, en donde está todo lo imprescindible para nuestra curación, mientras que el mesonero son los pastores y maestros de la Iglesia, a los cuales el Señor les encomendó cuidar el rebaño. La salida matutina del samaritano representa la aparición de Jesucristo luego de su resurrección, y su ascensión, mientras que los dos denarios dados al mesonero — son la Divina Revelación conservada por medio de las Escrituras y la Sagrada Tradición. Por último, la promesa del samaritano de en el regreso pasar nuevamente por el mesón para la cuenta definitiva, es la indicación a la segunda venida de Jesucristo a la tierra, cuando Él “dará a cada uno según sus obras” (San Mateo 16:27).


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