LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR




Hoy la Santa Iglesia Ortodoxa celebra una de sus Doce Grandes Fiestas del año: LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR.


La Transfiguración es la fiesta de la gloria divina de Cristo por excelencia. Como la Teofanía, es una fiesta de luz: «Oh Verbo, Luz intacta de la Luz del Padre no engendrado, hoy en el Tabor, con la manifestación de tu Luz, hemos visto al Padre como Luz y al Espíritu como Luz, guiando con Luz a toda la creación» (exapostilario). Tampoco es este el único paralelo entre las dos fiestas. Tal como en la Teofanía, aunque menos explícitamente, la Transfiguración es una revelación de la Santa Trinidad. En el Tabor, como en bautismo en el Jordán, el Padre habla desde el cielo, dando testimonio de la filiación divina de Cristo; y el Espíritu también está presente, no con la apariencia de una paloma en esta ocasión, sino en forma de una Luz deslumbrante que rodea la persona de Cristo y que cubre la montaña entera. Esta luz deslumbrante es la luz del Espíritu. La Transfiguración, entonces, es una fiesta de la gloria divina –- más específicamente, de la gloria de la Resurrección. El ascenso al Monte Tabor vino en un punto crítico del ministerio de Nuestro Señor, justo cuando iba a emprender su último viaje a Jerusalén, el cual Él sabía que habría de terminar en su humillación y muerte. A fin de fortalecer a sus discípulos para las pruebas que tenían delante, Él escogió este momento particular para revelarles algo de su esplendor eterno, «según pudieron resistirlo» (tropario de la fiesta). Él los alentó – a ellos, y a todos nosotros – a que miraran más allá de los sufrimientos de la Cruz, hasta la gloria de la Resurrección. La luz de la Transfiguración, empero, presagia no sólo la Resurrección del propio Cristo al tercer día, sino igualmente la gloria de la Resurrección de los justos en su Segunda Venida. La gloria que resplandeció de Cristo en el Tabor es una gloria que toda la humanidad está llamada a compartir. En el Monte Tabor, vemos la humanidad de Cristo – la substancia que tomó de nosotros – llena de esplendor, «hecha como Dios» o «deificada». Lo que ocurrió a la naturaleza humana en Cristo puede ocurrir también a la humanidad de los seguidores de Cristo. La Transfiguración, entonces, nos revela el máximo potencial de nuestra naturaleza humana: nos muestra la gloria que nuestra humanidad poseyó alguna vez y la gloria que, por la gracia de Dios, recuperará de nuevo en el Último Día. Este es un aspecto cardinal de la presente fiesta, al que vuelven frecuentemente los textos litúrgicos. En su Transfiguración, dicen, el Señor «en su propia persona les mostró la naturaleza del hombre, adornada con la belleza original de la Imagen» (Vísperas Mayores, apostikha). «Hoy Cristo en el Monte Tabor ha cambiado la naturaleza oscurecida de Adán, e iluminándola, la ha hecho divina» (Vísperas Menores, apostikha). «Oh Salvador, fuiste transfigurado en el Monte Tabor, mostrando el intercambio de los mortales con tu gloria en tu segunda y terrible venida» (Maitines, himno del primer kathisma ). La fiesta de la Transfiguración, por lo tanto, no es simplemente la conmemoración de un evento pasado de la vida de Cristo. Al poseer también una dimensión «escatológica», está orientado hacia el futuro -– hacia el «esplendor de la Resurrección» en el Último Día, hacia la «belleza del Reino divino» que todos los cristianos esperan gozar eventualmente.

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