El buen samaritano: pasajes de la homilía de San Nikolaj Velimirovich



PASAJES DE LA HOMILÍA PARA EL XXV DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Por el santo obispo Nikolai Velimírovich


Lucas 10:25-37

El Señor Jesucristo vino a cambiar las medidas y los modos de juzgar de los hombres. Los hombres habían medido la naturaleza a partir de sí mismos. Y esa medida era errónea. Los hombres habían medido el alma por medio del cuerpo. Y el tamaño del alma se redujo así a unos pocos milímetros.

Los hombres medían a Dios a partir del hombre. Y Dios parecía depender del hombre. Los hombres medían la virtud por la velocidad del éxito. Y la virtud se volvió, al mismo tiempo, fácil y tiránica.

Los hombres se jactaban de su progreso, haciendo una comparación entre ellos y los animales, que siempre viven en el mismo lugar y andan por el mismo camino. Semejante vanidad, el cielo la desprecia y los animales ni siquiera la advierten.

Los hombres también han medido el parentesco y la cercanía de los hombres entre sí por los lazos de sangre, por la afinidad del pensamiento, o por la distancia entre las casas y pueblos donde viven en la tierra, o por su forma de hablar y por cientos de otras características. Pero todas esas medidas de parentesco y proximidad no les permitieron a los hombres formar vínculos familiares ni acercarlos.

Todas las medidas de los hombres estaban equivocadas y todos sus tribunales eran falsos. Cristo vino a salvar a los hombres de la ignorancia y la falsedad y a cambiar las medidas y los tribunales de los hombres. Y Él, en verdad, los cambió. Los que han adoptado sus medidas y modos de juzgar fueron salvados por la verdad y la justicia; pero los que han permanecido fieles a las antiguas medidas y modos de juzgar siguen vagando en la oscuridad, y comprando y vendiendo ilusiones cubiertas de moho.

La naturaleza no se mide en sí misma, pues fue dada para estar al servicio del hombre, de modo que es el hombre quien es la medida de ella.

El alma no se mide por el cuerpo, porque el cuerpo fue dado para servir al alma. Por lo tanto, el alma es la medida del cuerpo.

Dios no se mide por el hombre, como el alfarero no se mide por la vasija. Dios no se mide, porque Dios es la medida de todo y el Juez de todo.

La virtud no se mide por la rapidez del éxito. Porque la rueda que rápidamente se levanta del lodo, rápidamente retorna al lodo. Pero la virtud se mide por la ley de Dios.

El progreso humano no se mide por la falta de progreso de los animales, sino por la reducción de la distancia entre el hombre y Dios.

La verdadera medida del parentesco que realmente une a los hombres —hombres y pueblos— reside no tanto en la sangre como en la misericordia. La necesidad de un hombre y la misericordia de otro unen a dos hombres más que los lazos de sangre unen a dos hermanos. Porque todos los lazos de sangre son temporales y sólo tienen sentido en esta vida temporal, sirviendo como reflejo del vínculo duradero y eterno del parentesco espiritual. Pero los gemelos espirituales, nacidos del encuentro entre la necesidad y la misericordia, siguen siendo hermanos por la eternidad. Para los hermanos de sangre, nacidos de la misma sangre, Dios es sólo el Creador; para los hermanos espirituales, nacidos de la misericordia, Dios es el Padre.

Esta nueva medida de parentesco y afinidad entre los hombres la propone el Señor Jesús a los hombres en el relato evangélico del samaritano misericordioso —decimos que la propone, pero no la impone, porque la salvación no se impone—, la propone, pues, el Señor para que el hombre la adopte voluntariamente. Dichoso el que adopte voluntariamente esta nueva medida, pues tendrá muchos hermanos y parientes en el Reino inmortal de Cristo.

Gloria y alabanza a Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su Padre y el Espíritu Santo, Trinidad única e indivisible, ahora y siempre, desde todos los tiempos y por toda la eternidad. Amén.


Traducido del francés por Miguel Ángel Frontán.

Homélies sur les évangiles des dimanches et jours de fêtes.

L'Âge d'Homme, Lausanne, 2016.


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