La Navidad de Cristo, gran misterio de piedad

January 7, 2017

 

 

por el Obispo Alejandro Mileant

Traducido por Dra. Elena Ancibor / Michael Shurov

 

     En la historia de la humanidad no hay un acontecimiento más feliz, que la Encarnación del Hijo de Dios y su venida al mundo. Este hecho es el acto del infinito amor de Dios Padre, Quien "amó tanto al mundo, que entregó a Su Hijo, para que todo el que crea en Él, no se pierda, mas tenga la vida eterna."

La Encarnación del Hijo de Dios de la Virgen María, modifico radicalmente al mundo, para mejorarlo: dio a los hombres una nueva forma de pensar, ennobleció sus costumbres, dirigiendo por un nuevo camino todos los acontecimientos mundiales. Trajo a los hombres fuerzas para luchar contra el pecado, los reconcilió con Dios, los convirtió en hijos de Dios y regeneró a toda su naturaleza. Agregó al decrépito organismo humano la corriente de vida Divina y con esto, trajo a los hombres la vida eterna. Por estas razones, la encarnación del Hijo de Dios, ocupó el centro mismo de los acontecimientos mundiales y es a partir de ella que se enumeran los años antes de Cristo y después de Cristo. La Navidad de Cristo, se convirtió en la fiesta más alegre de la humanidad creyente.

 

    En el presente trabajo relataremos los acontecimientos relacionados con la Navidad, hablaremos del significado espiritual de este hecho y finalmente nos detendremos en los principales momentos del oficio religioso de la fiesta.

 

El Acontecimiento de la Navidad de Cristo

 

    Antes del Nacimiento de Jesucristo, existía una espera universal del Salvador. Los Judíos esperaban Su llegada basándose en las profecías; los paganos, sufriendo a causa de su gran descreimiento y libertinaje moral, también aguardaban un Redentor. Todas las profecías sobre la encarnación del Hijo de Dios, se cumplieron. El Patriarca Jacob, profetizó que el Salvador llegará cuando "se aparte el cetro de Juda" (Génesis 49:10). San Daniel dijo que el Reino del Mesías llegará 490 años después de la decisión de reconstruir Jerusalén, bajo el dominio de un reino pagano, que será tan fuerte como el hierro (Dan 9:24-27).

 

    Efectivamente, pasados los 490 años, Judea cayó bajo el yugo del poderoso Imperio Romano y el cetro de Judá pasó a Herodes, quien era de origen idumeo. Llegó el tiempo de la venida de Cristo. Los hombres, apartados de Dios, deificaron los bienes terrenales, la riqueza y la gloria mundana. El Hijo de Dios rechazó estos ídolos, insignificantes frutos del pecado y de las pasiones humanas y se dignó llegar al mundo en un entorno muy humilde.

 

    Los acontecimientos vinculados con la Navidad, están descritos por dos Evangelistas: el Apóstol San Mateo (de los 12) y S. Lucas (de los 70). Como el Evangelista Mateo escribió su Evangelio para los hebreos, se fijó como meta demostrar que el Mesías provenía de la estirpe de Abraham y del rey David, tal como fue anunciado por los profetas. Por eso San Mateo comienza el relato del nacimiento de Cristo desde su genealogía (Mat. 1:1-17).

 

    Sabiendo que Jesús no era hijo de José, el Evangelista dice: "Jacob fue padre de José el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo (Mat. 1:16) ¿Pero por qué nos detalla la genealogía de José y no la de María? La respuesta es, que los hebreos no tenían por costumbre seguir la genealogía por la línea materna. La ley los obligaba inevitablemente a casarse con una mujer perteneciente a su misma tribu. Por eso el Evangelista, sin faltar a la costumbre, describe la genealogía de José demostrando así que Maria era su esposa y, consecuentemente, que Jesús, nacido de Ella, pertenecía a la tribu de Judá y a la familia de David.

 

    Cuando el Arcángel Gabriel le anuncia a Maria que será la Madre del Mesías, la Santísima Virgen visita a Isabel, siendo solo la prometida de José. Desde de la Buena Nueva del Ángel, pasaron casi 3 meses. José, desconociendo el misterio, notó su estado, que podría significar la infidelidad de su prometida. Él pudo acusarla públicamente y someterla a un cruel castigo, reglamentado por la ley de Moisés. Pero, siendo bondadoso, José no quiso seguir este curso tan drástico. Luego de muchas vacilaciones, él decidió dejar ir a María, entregándole, en secreto, la carta de divorcio.

 

Pero, el ángel se le apareció en sueños manifestándole que el embarazo de su prometida es fruto del Espíritu Santo y que el Hijo que ha de nacer será llamado Jesús (Ieshua) es decir, Salvador, pues salvara a su pueblo del pecado. "Por eso no tengas miedo de recibir a tu esposa María." - José entendió que este sueño era un mensaje del Altísimo y obedeciendo, recibió a María por esposa sin embargo "no la conoció" es decir vivió con Ella, no como un esposo, sino como un hermano o, considerando la enorme diferencia de edad entre ellos, como un padre con su hija. Relatando todo esto, el Evangelista agrega: "Todo esto pasó para que se cumpla lo que dijo el Señor a través de su profeta,: 'He aquí que la Virgen recibe en su seno y da nacimiento a un Hijo y le darán el nombre de Emmanuel'" (Is. 7:14) "Emmanuel" significa "Dios esta con nosotros." Isaías no llama Emmanuel al que nació de la Virgen tan solo dice que así lo llamarán los hombres. Este no es el nombre propio del Nacido de la Virgen, es solamente la indicación profética que Él será Dios.

 

    El Evangelista San Lucas, señala que el tiempo del Nacimiento de Cristo coincidió con el censo de los habitantes del Imperio Romano, ordenado por el Cesar Augusto, es decir el emperador Romano Octavio, quien recibió del senado romano el título de Augusto, - "Sagrado." El edicto sobre el censo fue emitido en el año 746, desde la fundación de Roma sin embargo en Judea, el censo comenzó, aproximadamente en el 750, durante los últimos años del reinado de Herodes, llamado el Grande.

Los hebreos confeccionaban sus genealogías según las tribus y linajes. Esta costumbre estaban tan arraigada que, al conocer la orden de Augusto, ellos fueron a inscribirse, cada uno en la ciudad de su linaje. José y la Virgen María, procedían de la estirpe de David, por eso debieron ir a Belén, llamada la ciudad de David, pues el nació allí.

 

    Entonces, por la voluntad Divina se cumplió la antigua profecía del profeta Miqueas, Cristo nacerá en Belén, "Mas tu Belén - Efrata, aunque eres la menor entre los millares de Juda, de tí me ha de salir aquel que dominará en Israel, y cuyos orígenes son desde el principio, desde los días de la eternidad " (Miqueas 5:2, Mat.2:6).

 

    Según las leyes romanas, debían censarse tanto los hombres, como las mujeres. Por esto José fue a Belén a censarse, en compania de la Santísima Virgen. El viaje inesperado a Belén, su patria, ante el inminente nacimiento del Niño, debió convencer a José que la orden dada por el Cesar, era una herramienta en las manos de la Divina Providencia dirigida a que el Hijo de María nazca justamente allí donde debía nacer el Mesías-Redentor.

 

    Luego de un viaje extenuante, el anciano José y la Virgen María llegaron a Belén, pero para la futura Madre del Salvador del mundo, no hubo lugar en la posada. Ella y su acompañante, debieron refugiarse en una gruta en la que se reunían los rebaños cuando había mal tiempo. Allí, en una noche de invierno y en el mas humilde de los lugares, nació Cristo el Salvador del mundo.

 

    La Santísima Virgen dio a luz al Hijo, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. Con estas palabras el Evangelista nos dice que el parto de la Madre de Dios fue indoloro. La expresión del Evangelista: "Y dio a luz a su Hijo primogénito" ha dado ocasión a los incrédulos para decir que la Santísima Virgen, además de su primogénito Jesús, tuvo otros hijos, pues los Evangelistas mencionan a "los hermanos" de Cristo (Simón, Josías, Judas y Santiago). Pero hay que recordar que según la ley de Moisés (Éxodo 13:2), se llama primogénito a todo niño de sexo masculino "que abre el seno de la madre," aunque sea también el último. Los que aquí son llamados "hermanos" de Jesús no son sus hermanos verdaderos , sino sólo parientes. Son dos hijos que el anciano José engendro con su primera esposa Salome y también los hijos de María de Cleofas a quien el Evangelista Juan llama "la hermana de su Madre." De cualquier manera todos ellos fueron bastante mayores en edad que Cristo y no pudieron ser hijos de la Virgen María.

 

    Jesucristo nació de noche, cuando todo Belén y sus alrededores estaban sumidos en profundo sueño. Los únicos que no dormían eran los pastores que vigilaban sus rebaños. A estos hombres trabajadores, humildes y fatigados, se aparece el Ángel con la feliz noticia del nacimiento del Salvador. La resplandeciente luz, que rodeo al Ángel, asustó a los pastores. Pero el Ángel los tranquilizo diciendo: "No teman, porque les anunció una gran alegría, para ustedes y para todos los hombres: hoy nació, en la ciudad de David el Salvador, que es el Mesías, el Señor." Con estas palabras el Ángel dio a entender la verdadera misión del Mesías, que llegó no solamente para los hebreos sino para todos los hombres pues dijo: "alegría para todo los hombres," que lo recibieron como el Salvador.

 

    El Ángel explicó a los pastores que ellos encontraran a Cristo, el Señor envuelto en pañales, acostado en el pesebre. Pero, ¿ por qué el Ángel no hizo el mismo anuncio a los dirigentes judíos, los fariseos y escribas instándolos a adorar al Divino Niño, la explicación es que todos ellos eran "ciegos conductores de ciegos" que dejaron de entender el verdadero significado de las profecías sobre el Mesías. Según la típica arrogancia judía, ellos imaginaron que el Redentor prometido, aparecería con todo el esplendor de un rey conquistador para someter al mundo. Para ellos era inaceptable un humilde predicador de la paz y el amor a los enemigos.

 

    Los pastores no dudaron que el Ángel fue enviado por Dios, y por eso, tuvieron el honor de escuchar el magnífico himno celestial: "Gloria a Dios en las Alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad." Los Ángeles glorificaron a Dios que envió al Salvador de la humanidad ya que desde ese momento se restableció la paz de la conciencia y desapareció la enemistad entre el cielo y la tierra, surgida como consecuencia del pecado.

 

    Los Ángeles se alejaron y los pastores se apresuraron a ir a Belén para encontrar al niño acostado en el pesebre y ser los primeros en saludarlo. Ellos contaron a María y José sobre lo acontecido y que fue lo que los condujo hasta la cuna de Cristo. También contaron esto a otras personas y todos los que escuchaban sus relatos quedaban maravillados.

 

    "En cambio, María guardaba todas estas palabras en su corazón" es decir, Ella recordó todo lo escuchado. El Evangelista Lucas, describe la anunciación del Arcángel Gabriel, el nacimiento de Cristo (Luc. cap. 2) y otros hechos relacionados con la Virgen María, basado, evidentemente, en los propios relatos de la Madre de Dios.

 

    Al octavo día fue realizada la circuncisión del Niño, como está indicado en la ley de Moisés. Posiblemente la Sagrada Familia, pudo instalarse en una casa, que fue desocupada por quienes vinieron a Belen a censarse y luego se retiraron.

 

La Adoración de los Magos

 

    El relato evangélico sobre la adoración de los Magos (Mat. cap. 2), es muy ilustrativo. Es, en primer término, el relato sobre la "Epifanía" o la revelación de Cristo a los paganos.

    José, la Santísima Madre de Dios y el niño Jesús, se encontraban aun en Belén, cuando desde un lejano país de oriente (Persia o Babilonia), llegaron los magos a Jerusalén. Magos o sabios, se llamaban los hombres que se ocupaban de la observación y el estudio de las estrellas. En aquel tiempo, la gente creía, que cuando nacía un hombre eminente, en el cielo debía aparecer una nueva estrella. Muchos paganos en Persia, informados por los judíos de la diáspora, sabían que debía llegar el Mesías, el gran Rey de Israel. Por los hebreos ellos conocían la profecía de Balaam, acerca del Mesías: "Le veo, pero no como presente, le contemplo, mas no de cerca. Una estrella sale de Jacob y se yergue el cetro de Israel y (Él) vencerá a los príncipes de Moab" (Num. 24:17). Aquí hay que entender por Moab la personificación de los enemigos del Mesías. Los magos persas esperaban que en el cielo aparezca una nueva estrella que señale el nacimiento del Rey prometido. A pesar de que la profecía de Balaam hablaba de la estrella en sentido espiritual, el Señor, por su misericordia y para conducir a los paganos hacia la fe, mostró en el cielo una señal, en la forma de una extraordinaria estrella. Los magos, al verla, comprendieron que el Rey esperado, había nacido.

 

    Después de un camino largo y difícil, al fin llegaron a Jerusalén la capital del reino de Judea, y comenzaron a preguntar: "¿Dónde está el Rey de Judea que ha nacido? " Nosotros vimos su estrella en el oriente y vinimos para adorarlo." Estas palabras de los ilustres extranjeros, conmovieron a muchos de los habitantes de Jerusalén particularmente, al rey Herodes, que fue inmediatamente notificado sobre la llegada de los misteriosos sabios orientales.

 

    El trono de Herodes tambaleaba desde los primeros días de su reinado. El pueblo lo odiaba considerándolo como un usurpador del trono de David y un tirano despreciándolo también por su origen pagano. Los últimos años de la vida de Herodes se complicaron por diversos inconvenientes personales y sangrientas venganzas. Se tornó muy desconfiado y ante la mínima sospecha, ordenaba ajusticiar a sus enemigos verdaderos y supuestos. Así murieron algunos de sus hijos y su amada esposa. Enfermo y anciano, Herodes vivía en su nuevo palacio sobre el Sión. Al oír sobre el nacimiento de un Rey, se inquietó, temiendo que el pueblo aprovechándose de su vejez, lo despoje de su poder y se le de al Rey recién nacido.

 

    Para aclarar quién es éste nuevo pretendiente a su trono, Herodes reunió a todos los sacerdotes y escribas - personas conocedoras de los libros de las Sagradas Escrituras, y les preguntó: "¿Dónde debe nacer el Cristo?" Ellos contestaron: "En Belén de Judea, ya que así esta escrito en el libro del profeta Miqueas." Entonces Herodes, en secreto llamó a los magos. Les preguntó cuándo apareció la nueva estrella y los envió a Belén. Simulando una gran piedad, el astuto Herodes les dijo: "Vayan allá y averigüen todo sobre el Niño y cuando lo encuentren vuelvan y cuéntenme para que yo también pueda adorarlo." En realidad Herodes pensaba aprovechar sus informaciones para matar al Niño.

 

    Los magos, después de oír al rey Herodes, partieron a Belen sin sospechar nada. La misma estrella que ellos observaron en el oriente, apareció en el cielo y moviéndose delante de ellos les mostró el camino. En Belén, se detuvo sobre el lugar donde se encontraba el Niño Jesús.

 

    Los magos entraron en la casa y vieron al Niño Jesús y a su Madre. Ellos se presentaron ante Él y le acercaron sus dones: el oro, el incienso y la mirra (un precioso y fragante aceite) . En los regalos de los magos se advierte un sentido simbólico. El oro le fue obsequiado como a un Rey (como un tributo), el incienso, como a Dios (porque el incienso se usa en las ceremonias religiosas) y la mirra como al Hombre que debe morir (a los muertos, en aquel tiempo, se los untaba con aceites mezclados con mirra).

 

    Después de adorar al Rey esperado, los magos se aprestaron para regresar a Jerusalén. Pero un Ángel se les apareció en sueños y les reveló los infames planes de Herodes, ordenándoles volver a su país, por otro camino sin pasar por Jerusalén. La tradición conservo los nombres de aquellos magos, que luego se convirtieron al cristianismo: Melchor, Gaspar y Baltasar.

 

    En el relato sobre el Nacimiento de Cristo, es notable que los primeros en adorar al Salvador, fueron los pastores, verdaderos hijos de la naturaleza. El único tesoro que podían presentar ante El era el de sus corazones, llenos de humildad, fe y mansedumbre. Mas tarde, vinieron los magos de oriente, plenos de sabiduría científica. Ellos ofrecieron a Dios, junto a su piadosa alegría, el oro, el incienso, y la mirra. Ellos debieron recorrer un largo camino antes de llegar a Judea y ya en Jerusalén, no pudieron encontrar enseguida el lugar del nacimiento del Rey de Israel. Esto nos enseña que la simpleza del corazón así como el profundo y honesto conocimiento científico conducen de igual manera, a Cristo. Pero el primer camino es más recto, corto y seguro que el segundo. Los pastores, fueron guiados por los Ángeles, mientras que los magos "aprendieron" de una estrella irracional y de los sabios judíos en la corte de Herodes. No sin dificultades y peligros arribaron ellos a su meta y escucharon la armonía celestial que sonó sobre la tierra: "Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad! " (pensamientos del Metropolitano Anastasio).

 

Hijo de Dios e Hijo del Hombre

 

    "Gran misterio de la piedad. Dios se ha manifestado en la carne" (Tim. 3:16). Estas palabras del Apóstol, testifican que el milagro de la Encarnación, del Hijo de Dios, sobrepasa al entendimiento de nuestra mente limitada. En realidad, podemos creer, pero no podemos explicar lo acontecido hace 2000 años en Belén cuando en la Persona Única de Jesucristo, se unieron, dos naturalezas, tan diversas y antagónicas. la Divina, sobrenatural , eterna e infinita y la humana, material, limitada y débil.

 

    Sin embargo, los Evangelios y las Epístolas de los Apóstoles nos revelan, en la medida de nuestras fuerzas, algunos aspectos del milagro de la Encarnación del Hijo de Dios. Así, San Juan el Teólogo, en el comienzo de su Evangelio, eleva nuestro pensamiento hacia la existencia eterna de la segunda Persona de la Santísima Trinidad, a Quien llama "el Verbo" (Logos), diciendo: "En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. El estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por El y sin El no se hizo nada de cuanto existía. Y el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros" (Juan 1:1-3; 14).

 

    Nombrar al Hijo de Dios, el verbo, indica que su nacimiento del Padre, no debe ser entendido como un nacimiento ordinario: Este nacimiento ocurrió insensiblemente y sin separación. El Hijo de Dios nació del Padre, como la palabra nace del pensamiento. El pensamiento y la palabra son diferentes pero al mismo tiempo son inseparables. No hay palabra sin pensamiento y el pensamiento se expresa indispensablemente por la palabra.

 

    La prédica ante de los Apóstoles, revela aun más plenamente la verdad sobre la naturalez Divina - humana de Cristo. El es el Hijo Unigénito (único) de Dios, Quien nació del Padre antes de los siglos, es decir - Él es eterno como Dios Padre. El Hijo de Dios tiene la misma naturaleza Divina que Dios Padre y por eso Él es Omnipotente, Omnisciente y Omnipresente. Él es el Creador del mundo visible e invisible y también de es nuestro creador. En una palabra Él, siendo la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es Dios verdadero y perfecto. La fe en Jesucristo, como Hijo de Dios encarnado, es el fundamento, es la piedra sobre la cual está afirmada la Iglesia, según la palabra del Señor: "Sobre esta piedra [la fe en Mi]edificare mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella" (Mat. 16:18).

 

    Cristo Redentor, siendo Dios perfecto, es al mismo tiempo un hombre perfecto. Teniendo vos cuerpo y un alma, con todas sus cualidades, mente voluntad y sentidos. Como un hombre, Él nació de la Virgen María. Como Hijo de María, Él obedeció a Ella y a José. Como hombre, El se bautizó en el río Jordán, visitó ciudades y aldeas con su prédica salvadora. Como hombre, Él sintió hambre, sed, cansancio, necesitó del sueño y el descanso y percibió el dolor y el sufrimiento físico. Como hombre, el Señor vivió la vida del cuerpo y también la del alma e incremento su fuerza espiritual con ayuno y oración. Él tuvo sentimientos humanos: alegría ira, congoja, derramó lagrimas Señor Jesucristo aceptando nuestra naturaleza humana, fue semejante a nosotros, excepto en el pecado.

 

    Teniendo ambos naturalezas, Jesucristo tuvo también dos voluntades libres. En Jesucristo la voluntad humana racional y consciente con sus deseos y apetencias quedó subordinada inexorablemente a la voluntad Divina. Esto se advierte, con sobrecogedora claridad, durante la dolorosa experiencia de Cristo en el Huerto de Getsemaní, "Padre mío, si este caliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase Tu voluntad" (Mat. 16:39).

 

    Así con Su obediencia a Dios Padre, el Señor Jesucristo corrigió nuestra desobediencia y nos enseño que la voluntad Divina, esta por encima de nuestros deseos.

 

La finalidad de la Encarnación del Hijo de Dios

 

    Sobre la finalidad de la venida al mundo del Hijo de Dios, nos cuenta muy claramente la parábola de la oveja perdida. El Buen Pastor deja las 99 ovejas, es decir el mundo de los Ángeles, y va a las montañas para buscar a Su oveja perdida, el genero humano, perdido en el pecado. El gran amor del Pastor por la oveja en peligro, no está sólo en el hecho de ir a buscarla con dedicación sino que, cuando la encuentra, la sube a sus hombros y la lleva de regreso. En otras palabras, Dios, con su poder, devuelve al hombre lo que éste perdió: la inocencia, la santidad y el la felicidad. Uniéndose a nuestra humana naturaleza el Hijo de Dios, según el Profeta "tomó sobre Si nuestras iniquidades y llevó nuestros dolores" (Isaías cap. 53).

 

    Cristo se hizo hombre, no sólo para enseñarnos el camino ó mostrarnos un buen ejemplo. El se hizo hombre para unirnos a Él, a fin de unir nuestra naturaleza débil y enferma a su Divinidad.

 

    El Nacimiento de Cristo atestigua que si nosotros alcanzamos la meta final de nuestra vida no es tan sólo con la fe y la tendencia hacia el bien, sino que es principalmente con la fuerza regeneradora del Hijo de Dios encarnado a Quien nos hemos unido.

 

    Penetrando más profundamente en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, vemos que está estrechamente vinculada con el Sacramento de la Eucaristía y con la Iglesia que es, según las enseñanzas de los Apóstoles, el cuerpo místico de Cristo. En la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el hombre comulga con la naturaleza Divino-Humana de Cristo, se une a Él y en esta unión se transfigura. Simultáneamente en la Comunión, el cristiano se une con otros miembros de la Iglesia - y así crece el místico Cuerpo de Cristo .

 

    Los cristianos de otras confesiones, que no admiten la Eucaristía, entienden la unión con Cristo en sentido figurado, indirecto , sólo como la unión espiritual con Él. Entonces, para tal unión espiritual, la Encarnación del Hijo de Dios es superflua, pues antes del Nacimiento de Cristo, los profetas y los hombres rectos experimentaron una relación espiritual con Dios, a través de la Gracia.

 

    No debemos entender, que el hombre está enfermo tanto espiritual como físicamente. El pecado vulneró toda la naturaleza humana. Es imprescindible, por eso, sanar íntegramente al hombre y no sólo su parte espiritual. Para disipar todas las dudas sobre la necesidad de una total comunión con El Señor Jesucristo, en Su sermón sobre el Pan de la Vida dice: "Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su sangre, no tenéis vida en nosotros. El que come Mí carne y bebe Mí sangre, tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré‚ el último día... El que come Mí carne y bebe Mí sangre permanece en Mí y yo en él" (Juan 6:53-54). Mas tarde, en el sermón acerca de la vida verdadera, Cristo explica a sus discípulos que sólo mediante una estrecha unión con Él, el hombre recibe las fuerzas necesarias para su desarrollo espiritual y su perfeccionamiento: "Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros sino permanecéis en Mí. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ese dará mucho fruto, porque‚ separados de Mí no podéis hacer nada" (Juan 15:4-6).

   

    Es correcta la comparación que los Santos Padres hacen entre la Comunión y el misterioso árbol de la vida del que se alimentaron nuestros ancestros en el Edén y al que contempla San Juan el Teólogo en el Paraíso (Gen 2:9; Apoc. 2:7, 22:2). ¡En la Eucaristía, el cristiano comulga con la vida inmortal de Dios hecho hombre!

 

    Así, la finalidad de la encarnación del Hijo de Dios, se concentra en el renacimiento espiritual y físico del hombre. La renovación de su naturaleza física concluirá el día de la resurrección universal de los muertos cuando "Los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre" (Mat. 13:43).

Please reload

Featured Posts
Please reload

Recent Posts
Please reload

Archive

Sede de la Diócesis: Catedral de la Natividad de la Virgen

calle 15 de Noviembre de 1889 - N° 1536

(1130) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

Teléfono: +54-11-4304-1211

e-mail: spc.buenosaires@gmail.com

www.iglesiaortodoxaserbiasca.org